Un café que mendiga amistad…
- Ángela, El Salvador

- 10 jun
- 1 min de lectura
Carmen es una señora de 56 años, aunque, por su dura realidad, aparenta mucho más. Ella es una señora muy pobre y con una realidad dura. Vivió en una época en la que vivir en El Salvador era bien difícil.
Carmen suele llegar casi siempre a la hora del desayuno y nos pide un café. Al principio, eso me generaba bastante enojo: ¿por qué venía justo en ese momento, sabiendo que nuestra intención no es dar cosas, sino ofrecer amistad? Con el tiempo fui entendiendo algo distinto. Pedir café, para ella, es casi como pedir agua: es una manera de hacerse presente, de recordarnos que está ahí y que necesita ser escuchada, sentirse acompañada. Lo fui descubriendo de a poco. Cada vez que venía, había detrás una historia: el cumpleaños de algún hijo que había fallecido, el aniversario de su muerte, la preocupación por un hijo preso al que iba a visitar, o la enfermedad de algún nieto que la llevaba al hospital. Nunca venía solamente por comida—aunque es verdad que muchas veces la necesita, porque no siempre la tiene. El café es, en realidad, una excusa. Lo que Carmen busca es algo más profundo: compasión, escucha y una amistad que no juzgue. “Si las paredes hablaran”, confesó un día, “solo ellas sabrían cuánto he llorado en esta casa.”
Me impacta la humildad que tiene Carmen para llegar a nuestra casa a pedir, a “mendigar” amistad, la humildad que tiene para venir y contarnos todo, pero, sobre todo, la humildad que tiene para entender que, sin Dios, ella no es nada.





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