Compartir sus sufrimientos me hace feliz

 

Me gustaría hablarles de 3 nenas internadas en el hospital. L. vino con su mamá, R. con su papá y su abuela, pero K. está sola. Después de 5 días internada pasó más de 24 hs sin ver a su papá y se largó a llorar desconsoladamente. La abracé fuerte y le dije que todos en esa sala éramos un poco su mamá y su papá, que nos preocupamos por ella, que tratamos de cuidarla durante el tiempo que sus papás no pueden hacerlo. Mientras ella se secaba las lágrimas, se despertó R. de una cirugía. Automáticamente, K. se levantó y fue a ofrecerle el chupetín que yo le había regalado la tarde anterior, diciéndole que lo había guardado para ella. Todos nos quedamos callados, admirando por la generosidad de esta nena, que nos enseña a amar a los demás desde su pobreza.
Cada noche me voy a dormir cansadísima, pero feliz, porque Dios me regala la posibilidad de compartir con estas personas un poquito de su cruz y ofrecerles mi sonrisa, mi alegría, mi esperanza, mi oración, mi simple presencia que les recuerda que Dios no los abandona. ¡Y es maravilloso ver cómo Dios hace el resto! Me siento como una niña al lado de María, sonriendo a Jesús y amándolo desde el pie de la cruz. Pero con la certeza de que
"nadie como Dios es capaz de comprendernos, nadie como Dios lleva nuestras agonías, es crucificado por nuestras heridas, nadie como Dios es humillado por nuestros pecados, nadie como Dios tiene sed de nuestra felicidad" (Maurice Zundel) 

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