Mendiga del amor de Dios

28 Sep 2018

 

Cuando visitamos el hogar para niños abandonados “Villa Marta”, muchas veces tuve una especie de tedio tratando de entender cuál es nuestra misión allí, qué es lo que les dejábamos a esos niños de no más de 2 años, sin padre y sin madre, cuando vamos a jugar con ellos cada quince días. No podía ver algo trascendente en ello.

Para mi sorpresa, en una visita al hogar hace alrededor de un mes, no acabábamos de entrar por la puerta que, lista para acomodarme entre la gran pila de juguetes, los niños nos ganaron y se acercaron a nosotros buscando un abrazo... ¡Un abrazo!

Y no se imaginan ¡qué abrazo puede dar Thiaguito con menos de 2 años! ¡Cuánto tenía él para enseñarme!

En ese instante de gracia se produjo un click en mí: ¡nuestra misión ahí y en todo lugar es nada más extraordinario y sencillo que ir a amar!

Esto, que parece lo más sobreentendido y primordial, de tan simple que es se me olvida fácilmente.

Ir solo a jugar no calmaría su sed, sólo un aburrimiento momentáneo... pero ir a jugar por amor, mirarlos con amor, recordar que son los hijos muy queridos de Dios le da sentido a todo. A las pocas horitas que disponemos para ellos, a los kilómetros que hay que hacer para llegar, a cada gesto, a la avalancha de abrazos que nos damos, a los pañales que les cambiamos, a que nos “rompan” las espaldas cuando se suben a cococho ("cocoyito”) y que dejemos que pellizquen nuestros cachetes hasta ponerse rojos... todo en el amor…

Y ya de tanto mendigar, no sé quién tiene más sed: si Cristo, si yo misma, si cada niño y persona que encontramos...

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