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Amar nuestra realidad nos da libertad

  • Foto del escritor: Antoinette, Cuba
    Antoinette, Cuba
  • hace 4 días
  • 2 Min. de lectura

Mañana me iré, pero sé que, sin embargo, me quedaré. Los rostros de mis amigos no me abandonarán. Con ellos cruzaré la frontera. Con ellos subiré al avión. Con ellos abrazaré con fuerza a aquellos a quienes no he visto desde hace mucho tiempo... Mañana me iré, pero nunca se borrará la huella que han dejado en mi corazón. Entre mil, reconoceré el aroma de estos lugares. La voz de cada uno de ellos seguirá haciendo latir mi corazón con fuerza dentro de un año, dentro de diez años.


Once meses han pasado como un soplo de viento y ya ha llegado para mí el momento de partir. Me invaden muchos sentimientos contradictorios: alegría, nostalgia, emoción, incomprensión, gratitud, aprensión. No he cambiado vidas, no he salvado vidas, no he construido escuelas. La situación en Cuba no ha mejorado; y, sin embargo, aquí estoy, en el avión de vuelta a Francia.


Aterrizo en Villejuif para el nuevo año que me espera. El escenario es muy diferente: no hay música, no hay palmeras, hay demasiadas nubes. Pero permanece la certeza de que el Señor me espera en este suburbio parisino. Y aunque, sobre el papel, las dos capitales parecen opuestas en todos los aspectos, a veces percibo, con cierta diversión, algunas similitudes. Los largos trayectos entre mi apartamento y París me recuerdan, guardando las proporciones, la lentitud del transporte cubano. También está la soledad y la pobreza. Rara vez he sentido una soledad tan profunda como en la multitud del metro, escuchado un silencio tan pesado como en su bullicio, percibido tal indiferencia donde todo parece tan apresurado e interesado. Tantas miradas, sonrisas, contactos perdidos.


Así que, aunque me duele el corazón al darme cuenta de que yo también formo parte de esa multitud que «aprovecha» los viajes en lugar de mirar a quienes la rodean, intento ver el metro como un lugar que aún me queda por domesticar, al igual que lo que viví en la residencia de ancianos.


Por último, en París, una ciudad con calles llenas de vida, donde todo parece accesible y las posibilidades parecen infinitas, se esconde, tras las apariencias, una inmensa pobreza. No es nada nuevo, pero es la primera vez que lo veo con esta mirada. Este es, pues, mi nuevo campo de misión, al que aún me cuesta adaptarme. Pero si la misión me ha enseñado algo, es que amar nuestra realidad nos da libertad. Así que estoy trabajando en ello.


Cuba

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