• Analía Pasquali, Costa Rica

Del otro lado de la ventana


La ventana de mi cuarto da a una casa que no conocemos, aunque siempre se escucha todo lo que allí pasa. Sin necesidad de verlos somos testigos de la violencia y del sufrimiento que allí reinan. Durante el confinamiento un pequeño rostro se asomaba, mirándonos cuando estábamos en el escritorio, “mmmm” era el único sonido para atraer la mirada, pero ante nuestro saludo no respondía y se quedaba petrificado. A mi regreso de Argentina, quizás porque durante un mes no vio movimiento en el cuarto, por primera vez respondió a mi pregunta: - “¿Cómo te llamas?”- “Soy Pablo” - “¿Te gustaría venir a conocer nuestra casa y a jugar un rato? “- “¡Si!” - “Entonces pregúntale a tu mamá si te deja y vení”. Así fue como Pablo, con sus 5 años (imagino porque no sabe decir cuántos tiene) llegó esa mañana, todo bañadito y con su mejor ropa. Yo no sé si pudimos hacer mucho por él, el reino de los gritos sigue, pero confío en que, ese tiempito de juegos, de respeto y ternura, le puedan hacer sospechar que, del otro lado de su ventana, hay una linda casita, que está también para él, y que lo esperan sus amigas.

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