En camino hacia Luján con todo un pueblo

En este mundo en el que los problemas pueden surgir en cualquier momento, en el que estallan conflictos y aparecen enfermedades, la Esperanza permanece. Tuve la oportunidad de experimentarlo a principios de Octubre, durante la Peregrinación a Luján. Se trata de una de las peregrinaciones más grandes de Argentina, que reúne cada año a más de un millón de personas a lo largo de un recorrido de sesenta kilómetros. Desde la ciudad de Buenos Aires hasta la Basílica de Luján, cada uno emprende el camino con sus dificultades, sus alegrías y sus tristezas, caminando todos en una misma dirección: hacia la Virgen de Luján.
Los primeros treinta kilómetros no fueron demasiado complicados. Es cierto que comenzamos a caminar bajo la lluvia, pero el descubrimiento del ambiente festivo y folklórico argentino que se vivía a lo largo del camino, aquella multitud de personas vestidas con ponchos coloridos y los carros procesionales de las distintas parroquias, pronto nos hicieron olvidar las interminables horas y los kilómetros que todavía teníamos por delante. Sin embargo, nuestro cuerpo no tardó en recordárnoslo.
En efecto, después de los treinta kilómetros, comenzaron a aparecer los primeros dolores, que ya no quisieron abandonarme. Sentía que no era la única que estaba atravesando esa situación. Observaba a mi alrededor cómo el ritmo de los peregrinos iba disminuyendo y cómo el cuerpo empezaba a cansarse.
Fue entonces cuando la fuerza del espíritu comenzó a imponerse sobre los límites del cuerpo. Sentí como si despertara una fuerza comunitaria que alimentaba los corazones y nos permitía sacar nuestras últimas fuerzas para seguir avanzando hasta el final de aquella larga caminata. A nuestro alrededor se elevaba un hermoso murmullo de oraciones en castellano, que acompañaba nuestros pasos cada vez más vacilantes. Poco a poco, se fue instalando una presencia silenciosa que nos acompañó hasta llegar a destino.
Después de quince horas de caminata, el cansancio dio paso a la alegría al encontrarnos frente al inmenso altar, adornado con detalles dorados, de la Basílica. Fue un momento de profunda plenitud, gracia y realización. Porque, al final de aquel largo camino lleno de dificultades, el esfuerzo y la perseverancia fueron coronados por la belleza y la inmensidad de Nuestra Señora de Luján.
A lo largo de esta peregrinación me crucé con miles de personas, jóvenes y mayores, que caminaban en grupo o solas. Algunas tenían dificultades físicas y/o psicológicas. Unas cantaban y otras rezaban. Allí encontré toda la diversidad de un pueblo que compartía un mismo objetivo: llegar a la Basílica de Luján y confiarle a la Santísima Virgen todas sus intenciones. Depositar a sus pies el peso de nuestras penas y fragilidades y abandonarnos plenamente a su presencia. En definitiva, vi a un pueblo unido. Vi la Esperanza de todo un pueblo: esa Esperanza que anima las almas, que espera un mundo nuevo, que nos permite caminar sesenta kilómetros y, de este modo, nunca rendirnos.





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