• Analía Pasquali, Costa Rica

“No pierdo la esperanza de llevarte al mar”

Esta es la frase de una canción que me encanta, me hace pensar en Don Tin, un abuelo que también falleció hace muy poco. Sus nietos eran la luz de sus ojos. Cada vez que lo visitábamos -mismo al final cuando estaba muy grave- sus ojos se iluminaban cuando ellos estaban cerca. Uno de los sueños que tenía era que Eitan (de 4 años) conociera el mar. Literalmente, dos semanas después de su muerte, la providencia nos permitió organizar un paseo al Parque Marino del Pacífico con una veintena de niños en Puntarenas. Cuando el bus se detuvo, como todos los niños, Eitan salió en un brinco a ver el mar.

Ante esta nueva grandeza que con "ojitos de niño" contemplaba, se queda boquiabierto y señalando el cielo pregunta a su tía: “¿verdad que allá está el abuelo?”. Laura con la voz entrecortada le dice que sí, entonces Eitan comienza a tirar besos al infinito y a decirle a su abuelo que lo ama, todo esto con la mayor naturalidad del mundo. Yo no podía dejar de pensar que este viaje era un regalo que Don Tin le hacía, y que todos nosotros también estábamos disfrutando en esta comunión misteriosa que existe entre el cielo y la tierra.



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