• Dulcina Mazzola

Un refugio para los niños

Caled (10), Said (5) y Jacob (3) son tres de nuestros amiguitos del barrio. Cada día, cuando su mamá se va a trabajar, los pequeños quedan a cargo de Caled el mayor de los tres, quien se encarga de darles el desayuno, comprarles el almuerzo, higienizarlos y cuidarlos hasta que su mamá regrese por la tardecita. Les encanta venir a nuestra casa. Por eso cada mañana, alrededor de las 7.30, comenzamos a sentir que desde la puerta comienzan a llamarnos, nombrándonos a cada una, hasta que alguna salga y los invite a entrar. Lo maravilloso de estos niños es que ellos saben sobre nuestros momentos de oración entonces, cuando alguna de nosotras está adorando, ellos piden poder entrar a saludar a Jesús, llegan siempre a tiempo para rezar el rosario, y a veces, para no irse, también nos piden ir a misa con nosotras. La peor parte para ellos es cuando se portan mal, porque saben que tienen que salir por un ratito de la casa, y esperar a que se los deje entrar. Pero es muy hermoso saber que, cuando vuelven a entrar, nos piden perdón un millón de veces y nos regalan los TE QUIERO, más hermosos y profundos que he escuchado en mi vida. Con Jacob, Said y Caled descubro cada día qué tan profundo y desinteresado puede ser el amor.


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