• Judit Masramón, Brasil

"Cuando llegan, mi día cambia…"


- ¿Cómo está el señor? ¿Qué hace?

- Y… Acá. Sentado – Responde con una sonrisa.

Así comienza siempre nuestra conversación con Señor G. cuando le gritamos desde la calle al pasar enfrente de su pequeña casa, la cual se encuentra bastante elevada. -“¿Podemos subir?” Él ya no puede caminar. Tiene una fuerte inflamación en su pierna (probablemente debido a la diabetes). Dentro de su casa –que es solo un cuarto y un baño- se arrastra con una pequeña alfombra. Es un hombre muy tranquilo. Un día nos nos mostró su silla de ruedas


que estaba un poco rota. “¿Podrían hacer algo para arreglarla?” Nos dijo como bromeando. “Vamos a ver, tal vez algo podamos hacer”, le respondí. Hablando en comunidad, les expresé mi deseo de ayudarlo y de hacerme cargo de buscar una solución para su silla

de ruedas, y ellas me apoyaron. Así que con Alice fuimos a buscar la silla a su casa. Él, sorprendido, nos la dio. Bajamos y subimos laderas, cargando una silla que no llevaba a nadie, ganando las risas y bromas de nuestros vecinos hasta llegar a la casa de un amigo nuestro –también paralítico- que arregla sillas de ruedas. Nos dijo que era vieja y ya estaba muy deteriorada por eso sería difícil de arreglar, pero que iba a intentar. Y también nos ofreció otra usada a bajo precio. Al final de la tarde, cuando volvimos a la casa de Señor G con su silla, él nos miraba todavía sorprendido. Hasta que nos dijo: “Gracias por querer ayudarme, pero lo que yo en verdad quiero es que ustedes me vengan a ver. Cuando llegan, mi día cambia y no me siento tan solo”.


Sus palabras fueron para mí un sacudón al corazón. Señor G me trajo de vuelta a lo esencial del para qué estamos aquí. Él no quiso que se pierda la gratuidad de nuestra amistad. Él entendió bien el valor de lo gratuito. Cuando nos encontramos con las carencias de nuestros amigos es fácil tener la tentación de querer resolver todas sus necesidades humanas. Que mis ideas, mis proyectos, solucione su vida terrenal. Queremos que la gente salga de sus necesidades, salga de sus problemas, pero no es eso lo que podemos controlar. Lo importante es nuestra presencia. Sin Dios y sin escucha no podemos hacer nada.


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