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Dios es mi fortaleza

De Jazmín Villalba, en Filipinas


El pasado 27 de julio, Kuya Francisco, el compañero de vida de Ate Carmelita, su amado esposo, falleció. Durante la madrugada mientras dormían, ella se despertó porque sentía un poco de frío y fue en ese momento que se dio cuenta que él, como ella me dijo, había partido al encuentro con Dios.



Ella vino a nosotros para compartirnos el dolor que le tocaba abrazar una vez más, y de esta manera, nosotros lo abrazamos con ella.

Seguramente era mucho mayor el dolor y la tristeza que en ese momento ella sentía, pero había algo que ganaba el primer lugar en su corazón y era la preocupación por la suma de dinero que el servicio fúnebre les pedía para entregarles el cuerpo de Kuya Francisco.

Ella no dejaba de repetir: “Vivimos en la calle, no tenemos hogar, no tenemos dinero.” Al notar el cansancio, no solo de su cuerpo sino también de su alma, le ofrecimos descansar en nuestra casa esa noche, compartir las oraciones con nosotros y al día siguiente, acompañarla a la funeraria para entender mejor la situación.

Así fue, al despertar ofrecimos nuestra oración de la mañana por el día que nos esperaba, dejando todo en manos de Dios y emprendimos el camino, abrazando juntas, su cruz.

Fueron cinco días que pasamos haciendo trámites, hasta que Kuya Francisco pudo descansar en paz.

En varias ocasiones, a lo largo de esos días, sentí que mi amor no era suficiente, que mi entrega no era completa, que mi paciencia no alcanzaba. Me desesperaba no entender muy bien el idioma y cargaba con la incertidumbre de no saber a quién acudir, donde pedir ayuda, o cómo íbamos a conseguir el dinero que nos pedían para entregarnos el cuerpo de Kuya Francisco. Además, teníamos la presión de que se acercaba el fin de semana y corríamos a contra reloj. Me sentí sola y abandonada por Dios, sin las fuerzas y el amor para seguir ayudando a nuestra amiga.

En un momento, nos encontrábamos sentadas en la espera de respuestas, que en mi humanidad, yo dudaba que puedan ser respondidas con rapidez, cuando ella me dice: "Dios es mi fortaleza." Y ahí estuvo Él, haciéndose presente a través de mi gran maestra, de una manera simple y bella, para que yo pueda comprender que no hubo un momento en que su amor nos abandonó, porque Él lo abarca todo con su silenciosa calma y tiene paciencia, aunque yo lo quiera todo de una vez.

Siendo testigos del amor y generosidad de Dios, recibimos la ayuda de a quienes llamé, “el grupo de la Providencia”, integrado por el Obispo de nuestra Diócesis, algunos sacerdotes y religiosas, que sin conocernos, nos brindaron su ayuda económica y todas sus oraciones y así fue como pudimos terminar con todos los trámites y despedir a Kuya Francisco, en su eterno descanso en los brazos de Dios.

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